«Doctora, ¿usted cree que estoy exagerando?»

Es la pregunta que más se repite.

No aparece cuando se habla de medicamentos ni de exámenes. Llega al final de la consulta, casi en un susurro, mientras la paciente busca las llaves en la cartera. A veces viene con una risa nerviosa, como quien pide disculpas por adelantado.

Tal vez te la has hecho frente a un médico, frente a tu familia o a solas. Si vives con fibromialgia, la respuesta corta es no. La larga merece explicarse, porque detrás de esa pregunta casi siempre hay años de no ser creída del todo.

Una duda que se aprende

Nadie nace dudando de su dolor. Esa duda se va armando con frases: «eso son nervios», «eso es la edad», «tienes que ser más fuerte», «pero si te ves bien».

Casi nadie las dice para herir. Pero después de escucharlas muchas veces, el mensaje que queda es otro. Tal vez hablas demasiado. Tal vez deberías poder con esto.

Con el tiempo, la duda que venía de afuera se muda adentro. Empiezas a medir tu dolor con la vara de los demás: si no se ve, si no sale en un examen, si ayer pudiste, entonces quizás no es para tanto.

¿Por qué la fibromialgia no aparece en los exámenes?

La fibromialgia no aparece en los exámenes porque no daña el músculo ni la articulación. Lo que cambia es la forma en que el sistema nervioso procesa las señales de dolor, y eso no se ve en una radiografía ni en un análisis de sangre. Por eso su diagnóstico es clínico.

Una fractura se ve en la radiografía y el yeso la anuncia a todo el que pasa. La fibromialgia no tiene esa ventaja. No deja heridas, no siempre se nota en la cara y los exámenes habituales no muestran algo que explique la intensidad de lo que sientes.

Eso no la hace menos real. Piensa en el control de volumen de un equipo de sonido. En un sistema nervioso sensibilizado, ese control está demasiado alto. Un roce, una presión o un esfuerzo pequeño llegan con mucha más intensidad de la que tendrían en otra persona.

El diagnóstico depende de lo que cuentas y de la valoración médica. Los exámenes sirven para descartar otras condiciones, no para medir tu dolor. Que salgan normales no significa que no tengas nada. Si quieres entender mejor qué es la fibromialgia, ahí está explicado paso a paso.

Eso también explica por qué tu dolor cambia de un día a otro. El mal sueño, el estrés y hasta la tensión de disimular pueden subir ese volumen. Eso no quiere decir que el dolor esté en tu cabeza. Quiere decir que el dolor, el sueño, las emociones y el sistema nervioso se influyen entre sí.

Exagerar no es lo mismo que describir

Exagerar es decir que algo es más grande de lo que es. Hablar de tu dolor es otra cosa: es describir algo que solo tú puedes sentir. No existe un termómetro para el dolor, así que tu palabra es la medida principal.

Cuando le quitas fuerza con un «no es nada», «es lo de siempre» o «ya se me pasa», no estás siendo más objetiva. Estás borrando información que tu médico, tu familia y tú misma necesitan.

Lo que se lleva el silencio

Callar un dolor invisible parece una solución: menos explicaciones, menos miradas, menos «otra vez con eso».

En el trabajo cumples con todo, y nadie nota cuánta energía se va solo en mantenerte funcionando. En la casa cocinas, acompañas y guardas el dolor para cuando todos se van.

Pero el silencio tiene un costo del que casi nadie habla. Cuando llevas mucho tiempo funcionando como si nada, dejas de escuchar las primeras señales de tu cuerpo: el cansancio de media tarde, la rigidez que va en aumento, el dolor que empezó suave y lleva horas creciendo. Sigues de largo porque todavía puedes, hasta el día en que ya no.

No toda crisis se puede prevenir, y que llegue no significa que hiciste algo mal. Pero reconocer esas señales a tiempo te permite decidir antes de llegar agotada. Por eso hablar de lo que sientes no es solo desahogarte. También es una forma de cuidarte.

Lo que sí es fortaleza

Durante mucho tiempo se ha confundido fortaleza con silencio. Ser fuerte se parece menos a aguantar callada y más a decir «hoy no puedo» sin pedir perdón. Es contar lo que te pasa sin justificar cada palabra y pedir ayuda antes de llegar al límite.

Tu dolor no necesita que nadie lo vea para ser real. Y cargarlo en silencio no te hace más fuerte.


Si quieres ir más allá

Saber que no exageras es el primer paso. Lo que sigue es aprender a decirlo:

  • ponerle palabras a lo que sientes sin añadir enseguida un «pero bueno»;
  • escuchar las pequeñas quejas que hoy descartas;
  • encontrar con quién puedes bajar la guardia;
  • distinguir la queja que alivia de la que te deja dando vueltas.

Ese recorrido completo está en Con permiso para quejarte. Cómo convivir con la fibromialgia sin perderte a ti misma, el primer volumen de la colección Con permiso para…: un libro para contar en consulta lo que te pasa, sin sentir que exageras.

Y si quieres seguir esta conversación con otras mujeres que entienden sin tanta explicación, te esperamos en el grupo Viviendo con Fibromialgia.

También puede gustarte...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *